ÚLTIMOS DÍAS -DÍA 02: La puerta.

Al regresar a tu habitación con las galletas que te había comprado, la puerta estaba cerrada y al principio pensé que estabas con alguna enfermera haciéndote algún procedimiento pero al llamar a la puerta no recibí respuesta alguna,  el miedo y la ira dentro de mí se incrementaban cuando tocaba desesperadamente y el silencio detrás de esa maldita puerta se mantenía constante. Golpeaba muy desesperado con la esperanza de tener respuesta alguna y fue ahí donde se me acercaron algunas enfermeras y un par de doctores a detenerme, decían que  me calme, que llamarían al conserje para que abra la puerta pero estuve impaciente, quería asegurarme que estés bien y aunque trataron de detenerme intenté derribar esa puerta a empujones, una de las enfermas llamó a seguridad y antes que ellos pudieran llegar, tiré esa puerta y detrás…  detrás podía verte recostada en tu cama, cubierta por una enorme mancha roja que se hacía cada vez más grande en el piso.

Empujé a los doctores  y guardias de seguridad que me sostenían para no cruzar la puerta y me recosté en tu pecho, tu corazón no latía, tu cuerpo estaba gélido, tomé tus manos y lloré como un niño, mi llanto se hacía presente en todas y cada una de las habitaciones del hospital  y el dolor que había dentro de mí se sentía mucho más lejos todavía.

Una enfermera se me acercó y poniendo su mano sobre las nuestras me susurró: “Lo siento, no pudimos evitarlo”
Levanté mi rostro y pude ver a la enfermera desconsolada también sus ojos rojos, su voz entrecortada, trataba de contenerse al igual que todos en la habitación pero yo, no tenía palabras, como si un lobo arrancara mi garganta sin piedad, las palabras no podían salir de mi boca, moví la cabeza negando, tratando de darle a entender que ella no lo siente, ella ni nadie sabe cuan podrido me siento y como por instinto, solté a correr, evité a los hombres que estaban parados en la puerta y corrí como si no hubiera un mañana,  empuje a no se cuantas personas, caí un par de veces por las escaleras pero nada podía detenerme. Una vez en el segundo piso pude ver que en el de abajo me esperaban policías para detenerme y no hacer alguna locura, no podía pasar por ahí así que decidí arrojarme por la ventana.

Caí mal torciéndome una muñeca y creo que también una pierna pero en ese momento de adrenalina, sólo quise huir  y corrí como un ladrón al ser descubierto, como un maratonista en la parte final de su carrera, sentía mis pulmones explotar hasta que llegué al lugar.

La habitación donde comenzó todo esto,  sí la misma mugrienta habitación en la que me moría día a día, la misma apestosa habitación en la que las voces se apoderaban de mi cabeza, la misma habitación en la que escribo esto antes de acabar con mi vida.

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