ÚLTIMOS DÍAS -DÍA 04: Dolor.

Debo admitirlo, estoy muy asustada y aunque trato de convencerme de que ésta es la mejor decisión, una parte de mí es atormentada por matar a mi hijo.

Dentro de mí hay vida, quien sabe…pudo haber sido un gran doctor, un reconocido escritor o un quizás un cantante famoso pero el destino (y mi estupidez) ni siquiera le darán oportunidad de conocer la luz del sol, sentir la lluvia en su piel, el calor de un abrazo maternal. Puedo sentirte aquí dentro y creerás que es una locura pero te ibas a llamar Gabriel. Sí, a pesar de todo ese hombre trajo felicidad a mi vida, en los momentos tristes, era el único a quien tenía al lado, su paciencia y sensatez eran únicas.
Nunca conocí a alguien como él; atento, amable, tranquilo y feroz cuando algo malo le pasaba a quienes quiere.
Quería que fueras como él, que luches por lo que amas, que creyeras en el amor, que nunca maltrates a una mujer. Soñé con verte jugar, crecer, reír, llorar y estar a tu lado y formarte como un hombre correcto. Nunca imaginé que todo terminaría ante que salgas de mí.

Pido que un taxi me lleve al hospital,  conecto los audífonos para desconectarme de la realidad y no pensar en nada en concreto. Mis ojos divagan, al detenerme en el retrovisor noto que un coche nos sigue y dentro del mismo está Gabriel con el mismo abrigo que le preste anoche. Al parecer no se fue a casa.
No puedo enfadarme, lo admiro mucho, cometimos errores y en el fondo quiero agradecerle por no dejarme sola.

Una vez en el hospital, me preparan para el proceso y Gabriel me espía a lo lejos, es pésimo para esconderse. En una camilla soy trasladada a la sala de operaciones y al cerrar la puerta nuestras miradas se cruzan a través de una pequeña ventana. Él se queda ahí y sé que no se moverá hasta que yo salga. Antes de perderle de vista puedo leer en sus labios:
“Eres fuerte, te amo”.

El doctor verificaba que todo esté en orden para el proceso; una enfermera revisaba la anestesia y algunos otros instrumentos , un enfermero controla todo con una maquina de ecografía y una vez todo en orden, es momento de operar.

Inyectan el sedante local, mi cuerpo se estremece. Introducen un espéculo y a pesar de estar anestesiada puedo sentir como arrancan a pedazos al niño que hay dentro de mí, puedo sentir su dolor, sé que sufre, que maldice el momento en el que lo concebí. El llanto no se hizo esperar, mordía mis labios tan fuerte que sangraban y una enfermera me sostuvo la mano, trataba de darme apoyo, yo, no podía escucharla, quería que esto termine. Los minutos se hacían eternos, sentía como raspaban las paredes de mi útero y después de toda esa agonía, un enfermero trataba de esconder los restos de mi niño.

Me trasladan a otra sala, solo estoy ahí, tirada en una cama con la  mente en las nubes, es difícil explicar todo lo que siento. Ira, dolor, pena, frustración, no lo sé.

Mi cuerpo se siente cada vez peor, todo me da vueltas, la vista se nubla y antes de desfallecer puedo ver entrar a Gabriel con mucha prisa acercándose a mí.

-¿Estás bien cariño?, ¡por favor dime algo!
-Gracias por no dejarme sola.

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